CAPÍTULO XXVI
Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad
harto buenas.
...don
Gaiferos, y sin mirar si se rasgará o no el rico faldellín, ase della, y mal su
grado la hace bajar al suelo, y luego, de un brinco, la pone sobre las ancas de
su caballo, a horcajadas como hombre, y la manda que se tenga fuertemente y le
eche los brazos por las espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no
se caiga, a causa que no estaba la señora Melisendra acostumbrada a semejantes
caballerías. Veis también cómo los relinchos del caballo dan señales que va
contento con la valiente y hermosa carga que lleva en su señor y en su señora.
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CAPÍTULO XXVII
Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado.
Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado.
Este
Ginés, pues, temeroso de no ser hallado de la justicia, que le buscaba para
castigarle de sus infinitas bellaquerías y delitos, que fueron tantos y tales,
que él mismo compuso un gran volumen contándolos, determinó pasarse al reino de
Aragón y cubrirse el ojo izquierdo, acomodándose al oficio de titerero; que
esto y el jugar de manos lo sabía hacer por extremo...
CAPÍTULO XXVIII
De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención
CAPÍTULO XXVIII
De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención
-Confieso
-dijo don Quijote- que todo lo que dices, Sancho, sea verdad. ¿Cuánto parece
que os debo dar más de lo que os daba Tomé Carrasco?
-A mi
parecer -dijo Sancho-, con dos reales más que vuestra merced añadiese cada mes
me tendría por bien pagado. Esto es cuanto al salario de mi trabajo; pero en
cuanto a satisfacerme a la palabra y promesa que vuestra merced me tiene hecha
de darme el gobierno de una ínsula, sería justo que se me añadiesen otros seis
reales, que por todos serían treinta.
-Está muy
bien -replicó don Quijote-; y conforme al salario que vos os habéis señalado,
veinte y cinco días ha que salimos de nuestro pueblo: contad, Sancho, rata por
cantidad, y mirad lo que os debo, y pagaos, como os tengo dicho, de vuestra
mano.
CAPÍTULOXXIX
De la famosa aventura del barco encantado.
De la famosa aventura del barco encantado.
-¿Vees?
Allí, ¡oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe de
estar algún caballero oprimido o alguna reina, infanta o princesa malparada,
para cuyo socorro soy aquí traído.
-¿Qué
diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor? -dijo
Sancho-. ¿No echa de ver que aquéllas son aceñas, que están en el río, donde se
muele el trigo?
-Calla,
Sancho -dijo don Quijote-; que aunque parecen aceñas, no lo son; y ya te he
dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural los encantos.
No quiero decir que las mudan de uno en otro ser realmente, sino que lo parece,
como lo mostró la experiencia en la transformación de Dulcinea, único refugio
de mis esperanzas.



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