ü -Si
todos los que bien se quieren se hubiesen de casar -dijo don Quijote-,
quitaríase la elección y jurisdicción a los padres de casar sus hijos con quien
y cuando deben; y si a la voluntad de las hijas quedase escoger los maridos,
tal habría que escogiese al criado de su padre, y tal al que vio pasar por la
calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque fuese un desbaratado
espadachín; que el amor y la afición con facilidad ciegan los ojos del
entendimiento, tan necesarios para escoger estado, y el del matrimonio está muy
a peligro de errarse, y es menester gran tiento y particular favor del cielo
para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo, y si es prudente, antes de
ponerse en camino busca alguna compañía segura y apacible con quien
acompañarse: pues ¿por qué no hará lo mesmo el que ha de caminar toda la vida
hasta el paradero de la muerte, y más si la compañía le ha de acompañar en la
cama, en la mesa y en todas partes, como es la de la mujer con su marido? La de
la propia mujer no es mercaduría que una vez comprada se vuelve, o se trueca o
cambia; porque es accidente inseparable, que dura lo que dura la vida: es un
lazo que si una vez le echáis al cuello, se vuelve en el nudo gordiano, que si
no le corta la guadaña de la muerte, no hay desatarle
(...)
(...)
ü -No
se pueden ni deben llamar engaños -dijo don Quijote los que ponen la mira en virtuosos
fines.
Y que el de casarse los
enamorados era el fin de más excelencia, advirtiendo que el mayor contrario que
el amor tiene es la hambre y la continua necesidad; porque el amor es todo
alegría, regocijo y contento, y más cuando el amante está en posesión de la
cosa amada, contra quien son enemigos opuestos y declarados la necesidad y la
pobreza; y que todo esto decía con intención de que se dejase el señor Basilio
de ejercitar las habilidades que sabe, que aunque le daban fama, no le daban
dineros, y que atendiese a granjear hacienda por medios lícitos e industriosos,
que nunca faltan a los prudentes y aplicados.
ü -El
pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre, tiene prenda en tener
mujer hermosa, que cuando se la quitan, le quitan la honra y se la matan. La
mujer hermosa y honrada cuyo marido es pobre merece ser coronada con laureles y
palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura, por sí sola, atrae las
voluntades de cuantos la miran y la conocen, y como a señuelo gustoso se le
abaten las águilas reales y los pájaros altaneros; pero si a la tal hermosura
se le junta la necesidad y estrecheza, también la embisten los cuervos, los
milanos y las otras aves de rapiña; y la que está a tantos encuentros firme
bien merece llamarse corona de su marido. Mirad, discreto Basilio -añadió don
Quijote-: opinión fue de no sé qué sabio que no había en todo el mundo sino una
sola mujer buena, y daba por consejo que cada uno pensase y creyese que aquella
sola buena era la suya, y así viviría contento. Yo no soy casado, ni hasta
agora me ha venido en pensamiento serlo; y, con todo esto, me atrevería a dar
consejo al que me lo pidiese del modo que había de buscar la mujer con quien se
quisiese casar. Lo primero, le aconsejaría que mirase más a la fama que a la hacienda;
porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino
con parecerlo; que mucho más dañan a las honras de las mujeres las
desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas. Si traes buena
mujer a tu casa, fácil cosa sería conservarla, y aun mejorarla, en aquella
bondad; pero sí la traes mala, en trabajo te pondrá el enmendarla; que no es
muy hacedero pasar de un extremo a otro. Yo no digo que sea imposible; pero
téngolo por dificultoso.
ü -¿Qué
murmuras, Sancho?
-No digo nada ni murmuro de nada
-respondió Sancho-; sólo estaba diciendo entre mí que quisiera haber oído lo
que vuesa merced aquí ha dicho antes que me casara; que quizá dijera yo ahora:
«El buey suelto bien se lame».
-Tan mala es tu Teresa, Sancho? -dijo
don Quijote.
-No es muy mala -respondió
Sancho-, pero no es muy buena; a lo menos, no es tan buena como yo quisiera.
-Mal haces, Sancho -elijo don
Quijote-, en decir mal de tu mujer, que, en efecto, es madre de tus hijos.
-No nos debemos nada -respondió
Sancho-; que también ella dice mal de mí cuando se le antoja, especialmente
cuando está celosa; que entonces súfrala el mesmo Satanás.
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